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La señora de los dedos mágicos vive en Huaral haciendo canastas de panca de choclo.

Sentarse en la puerta de la casa en una tarde fresca de otoño, donde nadie es desconocido, resulta encantador para Genara, una mujer que ha vivido siempre casi feliz pese a las dificultades que nunca faltan. Casi, porque la felicidad completa se asemeja a una utopía.

La magia de esas tardes en Huaral al norte de Lima, a dos horas en auto desde Lima, no tienen precio para ella. Genara Villalba Arce, usuaria del Programa Nacional de Asistencia Solidaria Pensión 65, (Midis), disfruta transformando la naturaleza con sus manos mientras la luz del sol languidece. El sonido agónico del viento zumbándole en el oído, y su paso, refrescante, acariciándole las mejillas. De tanto en tanto, un qué tal vecina, cómo le va, la despierta de su recuerdo recurrente: sus inocentes juegos infantiles en Aricampapa, la localidad del distrito liberteño de Cochorco que la vio nacer hace 83 años. Nada, absolutamente nada, la puede sacar de la paz y el sosiego que consigue al unir hábilmente tiras de panca de choclo, dando forma a coquetas canastas estilo vintage.

Terapia. Sí, con los movimientos que hacen sus dedos al entrelazar la panca convertida en gruesos hilos, Genara se olvida de los achaques propios de su edad, de alguna desilusión, de uno que otro deseo no cumplido, quizá de una frustración. Haciendo sus canastas, ella no solo ocupa su tiempo, se relaja, se alegra en silencio, alimenta sus ganas de tejer mañana una nueva canasta.

En su casa, Genara cría conejos, que se alimentan de choclos. Ecológica, la señora de los dedos mágicos recoge las pancas y las convierte en hermosas cestas que, curiosamente, no vende. Madre de cuatro –dos de sus hijos ya murieron– y abuela de siete, regala las canastitas. Es más, las regala para regalo. Doble bondad. Pero ya está pensando en comercializarlas. La detiene el hecho de que su producción no es industrial, pero algo le dice que el trabajo artesanal de sus manos tiene valor. Y no se equivoca. Tímidamente, dice que pronto venderá sus creaciones. Pero, aunque suene contradictorio, le cuesta ponerles costo. ¿Será acaso porque las hace con amor, y el amor no se vende?

Como Penélope

“Hacer una canasta toma su tiempito. Hay que tener mucha paciencia. No solo es tejer la panca. Es escoger buenas pancas, irlas uniendo, amarrando. Me paso horas haciendo una canasta. Luego hay que barnizarla. Es un arte”. Esa última palabra la dice casi susurrando y, tras pronunciarla, Genara ríe bajito y despacio. Demasiado humilde.


Pero hacer las canastas también tiene otra ventaja para Genara: aunque mueve lentamente sus dedos, las horas se le pasan volando y así siente que tiene que esperar menos a Jacobo Araujo Castillo, su esposo y también usuario de Pensión 65. Como Penélope que tejía y tejía mientras esperaba a Ulises, Genara teje y teje la panca mientras el día se apaga y Jacobo retorna a casa en su ‘tricitaxi’ desde el Mercado Modelo de Huaral, en cuyos alrededores trabaja llevando y trayendo gente. Ambos se conocieron muy jóvenes en Aricapampa. Jacobo es el hombre más feliz de la tierra cuando su amada cocina un cuy guisado o la contundente sopa shambar, que es una tradición de los lunes en la región La Libertad.

Venció a la COVID – 19

A pesar de su aparente fragilidad, Genara logró superar con éxito una batalla difícil. Se enfrentó al coronavirus en los primeros meses de la pandemia, en el 2020 y, felizmente, no llegó a una Unidad de Cuidados Intensivos. Venció a la enfermedad en el peor momento, cuando las colas por balones de oxígeno se hacían incluso de madrugada. Genara no requirió de ello, pero el trance le confirmó que la vida se puede extinguir de pronto. Por eso, ella, cada vez que puede, se desvive en caricias a sus nietos. La vida continúa en ellos, siente.

Genara, participante de la intervención Saberes Productivos de Pensión 65, tiene que hacer reposo continuamente. Una afección pulmonar que, según la familia, no es secuela del COVID – 19, sino que viene de antes, la aqueja hoy, pero no le impide hacer sus canastas y repartir sonrisas.

“Hace cinco años más o menos comencé a hacer estas canastitas. A algunas les pongo adornos como telita con bobos. A las niñas les gusta mucho eso”, dice Genara, quien aprendió viendo como hacían cestas sus cuñadas y otras señoras del barrio. La diferencia está en que ninguna disfruta como ella las tardes tejiendo las pancas.

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